Aguilas y Cuervos by Gedge Pauline

Aguilas y Cuervos by Gedge Pauline

Author:Gedge, Pauline [Gedge, Pauline]
Format: epub
Published: 2010-01-25T01:35:48+00:00


CAPITULO 23

Viajaron durante tres noches más y dejaron atrás los bosques seguros y densos. Los dos catuvelaunos odiaban el territorio abierto que atravesaban como polillas sin alas, expuestos a los vientos intensos y calientes que soplaban sobre la hierba alta y la ondulaban como olas marinas; cuando acampaban bajo los grupos de árboles enanos que se resguardaban en los valles, siempre eran renuentes a partir. Noche tras noche, la luna pálida, gorda y crecida pendía sobre un horizonte vasto y despejado y observaba complacida su avance lento sobre las colinas. El brigante los apremiaba a continuar.

«Apresuraos —decía—, llegaremos demasiado tarde», pero no necesitaban sus gemidos ansiosos para estimularse. Eran conscientes, con cada paso que daban, de que su destino les esperaba más adelante. Si se retrasaban, éste abandonaría con desdén el punto de encuentro y sólo hallarían los jirones impotentes de su paso caprichoso. Se sentían agobiados por el paisaje, por los largos días de tensión, por el silencio vacío apenas llenado por el grito agudo de los halcones. Sataida, la Diosa de la Desgracia de Brigantia, parecía impregnar el suelo bajo sus pies y Caradoc empezó a considerar los kilómetros a sus espaldas como piedras enormes, melladas y crueles que su esposa intentaba salvar para alcanzarle, llamándole con la lengua reseca.

Una o dos veces, se tendieron boca abajo en la hierba cuando una patrulla de caballería pasó galopando, pero no fueron descubiertos y, por fin, a medianoche del cuarto día desde que habían dejado los bosques, alcanzaron la cumbre de un saliente largo y algo ascendente y vieron luces debajo.

El jefe señaló:

—Venutio debería estar allí.

—Pero eso es una aldea! —objetó Caradoc—. Venutio tendría que estar en un campamento.

El hombre chasqueó la lengua con impaciencia.

—¿Por qué? Cuando Brigantia está salpicada de aldeas, ¿por qué habría de levantar un campamento? Os digo que está allí. Bajaremos.

Un sexto sentido susurró una advertencia a Caradoc. Un recuerdo viejo y olvidado se avivó en su interior cuando contempló la pacífica aldea. ¿Ese bulto en el centro era un terraplén? Los brigantes no erigían muros de tierra. Pero el hombre había iniciado el descenso con Caelte detrás y Caradoc les siguió con la mente confundida y los pies lentos. Estaba mal, todo mal, lo había estado desde que el maldito hombre había surgido de entre la maleza. Debía haber confiado en su juicio, pero era demasiado tarde.

«Y la verdad —pensó—, estoy demasiado cansado para que me importe.»

Aunque era tarde, la aldea bullía con alegría. Los comerciantes se paseaban de un lado a otro con antorchas en las manos, los hombres libres, sentados frente a sus puertas de pieles, apostaban o contaban historias y aquí y allá, un soldado se movía, ocupado en algún asunto personal. Nadie reparó en los viajeros cuando cruzaron las puertas abiertas en la pequeña pared de defensa y ningún guardia los detuvo. Comenzaron a subir el sendero parejo y bien asentado que rodeaba la aldea y se extendía formando lentas espirales. A derecha e izquierda se elevaban las chozas, bien distribuidas, limpias, emplazadas en un orden casi militar.



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